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¿A punto de dar a luz? Esto te interesa

De la infinidad de cosas que circulan por la red relacionadas con la maternidad, lo más comentado sin duda es su etapa final, o dicho […]

De la infinidad de cosas que circulan por la red relacionadas con la maternidad, lo más comentado sin duda es su etapa final, o dicho de otra manera: todo lo que tiene que ver con el parto.

El parto despierta cierto respeto en todas la mamás y papás, incluso cuando ya se ha pasado por ello una, dos o tres veces, sigue siendo un momento con una gran carga de emociones y sentimientos algo complicados (Hay que decir que lo que realmente influye es que es muy pero que muy doloroso, motivo suficiente para preocuparnos cuando esté próximo el momento).

La mejor manera de llegar al parto, siempre ha sido sin duda de la mano de nuestro médico o profesional que nos guía y acompaña por las diferentes dudas que se nos pueden plantear.

Ahora quizás siga siendo esta la manera, pero el acceso a la información que actualmente tenemos en alguna ocasión nos lleva a plantearnos si esta relación profesional-paciente que hasta el momento acostumbraba a ser tan ciega, tiene que seguir siéndolo o nos podemos permitir ser algo más críticos con aquellas cosas que nos plantean. ¿Qué queremos decir con esto?

En ningún momento estamos diciendo que ahora cualquiera con acceso a internet se puede permitir ejercer de ginecólogo, comadrona o similar. Simplemente estamos diciendo que hay ejemplos de partos, que no nos hubiéramos atrevido a cuestionar hace unos años y ahora, desde el respeto y la posibilidad de elegir, se los podemos plantear al profesional.

Hacia el final del embarazo cuando nuestro ginecólogo nos realiza los tactos vaginales, muchas mujeres destacan que uno de estos tactos, posiblemente el último, fue especialmente doloroso y poco después se pusieron de parto. ¿Casualidad? Seguramente en ese tacto nos realizaron algo llamado maniobra de Hamilton.

¿En qué consiste la maniobra de Hamilton?

La maniobra de Hamilton consiste en introducir el dedo en el cuello del útero e ir girándolo haciendo rotaciones como si de una peonza se tratase. Con este movimiento realizado mediante un tacto vaginal, lo que el profesional pretende es separar la parte de debajo de la bolsa amniótica, de la pared del útero. Nuestro cuerpo reacciona con la segregación de prostaglandinas y eso modifica el cuello del útero, paso previo en el trabajo de parto antes de dar a luz. Precisamente las prostaglandinas son unas de las sustancias que forman parte del semen, haciendo que tener relaciones sexuales al final del embarazo, pueda ser un posible método para inducir el parto.

Leyendo estas líneas, podemos hacernos una idea de que este movimiento no es ni gratuito ni nada placentero para la mujer. La maniobra de Hamilton es considerada dentro de los protocolos obstétricos un método de inducción al parto, aunque en muchas ocasiones la realidad es otra muy distinta:

  • Muchas de las madres sometidas al Hamilton, comienzan a tener contracciones reiteradas y dolorosas.
  • Pueden llegar a romper la bolsa amniótica sin estar de parto.
  • O incluso pueden tener sangrados con el considerable susto que esto nos puede producir.

Sin llegar en ninguno de estos casos a ponerse de parto. En los casos en los que todo ocurre como nos gustaría que pasase, nuestro médico nos ofrecerá la posibilidad de recurrir a esta maniobra una vez nos pasemos de la fecha de parto recomendada antes de recurrir a otros medios de inducción al parto. Pero la realidad en muchos casos es otra y la sorpresa nos invade incluso al final de la maternidad.

¿Debe realizarse la maniobra de Hamilton?

Por supuesto que suena bien cuando las familias están de acuerdo y la inducción del parto es una posibilidad que está muy presente por vías algo más quirúrgicas o medicaméntales, algo diferente a cuando estamos en la semana 40 y sin ningún motivo aparente para el futuro peque, se realiza la maniobra sin estar por tanto justificada.

Otra contrariedad se presenta cuando con un comentario del tipo “te voy a ayudar un poquito a ver” el profesional de la salud realiza la citada maniobra, cuando con o sin justificación se expone a la mamá y al peque a determinados riesgos que se deberían informar previamente, como:

  • Rotura de la membrana sin estar de parto.
  • Hemorragias, que en caso de ser importantes tendríamos que recurrir de forma urgente a la cesárea.
  • Contracciones descontroladas y dolorosas que podrían comprometer el bienestar del peque.

Todo este tipo de técnicas se utilizan, y por descontado que tienen su utilidad, simplemente podríamos pedir que no formen parte de la rutina profesional y que sean decisiones consentidas por las embarazadas y de esta manera evitar tener sorpresas.

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