Cuéntame el amor

El blog de José María GarridoMi Bio

Despedidas y otras reflexiones

Empiezo a comprender que después de un adiós, un amor no puede saltar dos veces la misma tapia. Es imposible. Segundas partes nunca fueron buenas. […]

Empiezo a comprender que después de un adiós, un amor no puede saltar dos veces la misma tapia. Es imposible. Segundas partes nunca fueron buenas. Nunca lo fueron. Te aseguro que yo lo he intentado y he fracasado. Creí que cruzar al otro lado por partida doble nos ayudaría a cicatrizar las heridas. Las viejas, que ambos llevamos como metralla tatuada en la piel, y las nuevas, que van surgiendo como consecuencia del fuego amigo, que cruza de vez en cuando, la distancia que hay entre nosotros.

Las heridas se hacen más profundas al día siguiente, es cierto, con el tiempo se van haciendo más íntimas, más secretas, más nuestras, un patrimonio personal, una herencia de reproches, un rosario de promesas incumplidas, un tesoro repleto de equivocaciones ajenas.

Puede que sea así, o simplemente que, después de todo, una herida suceda  a otra herida,  igual que, en la noche más limpia, un sueño sucede a otro sueño. Lo digo por propia experiencia, al final, nada se desvanece, todo sigues más o menos igual, nada  tiene cura ni consuelo.

No lo sé.

Pero tengo la sensación de que una despedida habla siempre con las miradas juntas. Por más que sea impreciso determinar a quién le duele más la herida, siempre termino pensando que la mía es mucho más dolorosa que la tuya.

Bonfire Love CoupleTengo claro que ese dolor procede de atardeceres no resueltos, de ocasos confundidos en una misma hora, de algún desorden universal en mi propio destino, del pequeño mundo de papel sobre el que creímos que el universo podía doblarse, arrugarse y dejarlo caer en la papelera, y en gran medida, de cada espacio que ocupan los errores del otro, errores que han ido haciendo con cada tropiezo nuestra vida.

La habilidad para pensar y argumentar con claridad  resulta en la despedida un don que no es afín a la mayoría de la gente. Hablando de mí, en absoluto lo es. Encontrar palabras adecuadas, comprender el significado exacto de los silencios que dejamos quietos en el aire mientras nos miramos, saber plenamente quiénes somos, por qué llegamos ante las sombras del final y su gesto siempre idéntico, confirma que es esencial poseer cierta clase de fortaleza mental para sobrevivir a un adiós como el nuestro.

Aunque yo no sepa hacerlo, hoy tus razones me desnudan, no estoy soñando -aunque por un momento he creído estarlo-, y no estoy muerto -aunque lo parezca-, sencillamente estoy muriendo y haciéndonos morir.

Porque cada despedida es una isla. Y las islas guardan enormes similitudes ente sí. Solo hay una cosa  que hacer en ellas después de un naufragio: un inventario completo de besos y caricias que no llegaron a su destino. Confesarse frente una palmera inclinada y solitaria, a la luz de una hoguera, y pagar la cuenta que nos impone la penitencia del fuego:  distancia, soledad, ausencia, sangre…

La vida hoy me parece, más que nunca, una ciudad de despedidas. Si lo piensas bien, siempre nos estamos despidiendo de todo y de todos, como los letreros de una carretera que te van diciendo Adiós, buen viaje, mientras uno pasa a toda velocidad.

Reconozco que no supe ser refugio cuando la tempestad nos dejó a la deriva, no supe ser tu isla, no fui tu luz ni tu hoguera, y tampoco fui capaz de cambiar el letrero de la carretera por otro que dijera:  Bienvenido, no corras, disfruta de la vida.

Después de todo, es posible que no toda la culpa fuera tuya. Pero, en fin, así son las despedidas, y yo no aprendí a hacerlo.

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