Derechos de la mujer

Por Mireia RuizMi Bio

Violencia doméstica: cuando denuncias a tu propio padre

Antes de comenzar el post de esta semana quería agradecer a todos vosotros, de parte de Joan, vuestros notas de apoyo incondicional que habéis ido […]

Antes de comenzar el post de esta semana quería agradecer a todos vosotros, de parte de Joan, vuestros notas de apoyo incondicional que habéis ido publicando en el blog. Me decía Joan: “No paro de llorar. Qué emoción más grande cuando leo los comentarios que me dedican, espero que con mi historia las personas luchen, porque sí se puede”.

Eran las 8.35 de la mañana del martes pasado y… ¡Ring, ring! Pensé: “Pero si la guardia que tengo es de imputados, ¿tan pronto me llaman del juzgado?” Y sí, me llamaban del Juzgado de Instrucción Nº 5. “¿Letrada Mireia Ruiz?”, preguntaron. “Le informo que a las 9.30 está señalada una declaración por violencia doméstica. El imputado (ahora investigado) es un señor mayor, alcohólico, que ha agredido a su hija, que es quien le cuida y con la que convive desde hace años tras divorciarse de su esposa. La hija se ha ratificado en la denuncia y aunque no quiere orden de protección por lástima de su padre (le preocupa a dónde vaya a ir su padre si lo desalojan de la casa), sí quiere mantener la denuncia”.

Así, acudí al Juzgado a las 9.30 en punto y allí estaba Pedro esperándome en la puerta. La funcionaria enseguida lo acompañó al forense y yo rogué que me dejaran la causa para ir estudiando el caso y poder así preparar la defensa. Leía la denuncia y la declaración de la denunciante y ésta decía: “Mi padre no consiguió coger el cuchillo del cajón porque yo se lo cerré atrapándole la mano, pero él me retorció la mano fuertemente y me tiró al suelo”. Seguía diciendo: “Mi padre bebe mucho, es alcohólico desde hace años, pero no quiere ir al médico. No reconoce que está enfermo y que necesita ayuda. Yo sólo quiero que se cure, pero ya no aguanto más. Es mi padre, pero así no puedo seguir, tengo miedo de él cuando bebe porque, aunque es poco corpulento, tiene mucha fuerza”.

La forense debía informar si el investigado tenía cabal conocimiento de los hechos y si sabía lo que hacía. ¡Y el resultado fue que sí! Acto seguido le tomaron declaración y, en un momento dado, su señoría le preguntó: “¿Usted se acuerda de lo que pasó?” Y él respondió: “Sí, claro, perfectamente”, respondió. “No agredí a mi hija con ningún cuchillo, porque mi hija cerró el cajón y me pilló la mano, pero casi le doy con el plato en la cabeza”. Bastaron esas palabras de reconocimiento espontáneo y expreso para que se le dirigiera acusación por un delito de violencia doméstica. Es más, se tramitó el caso como juicio rápido.

No hubo conformidad con el escrito de acusación y han señalado vista oral para el 10 de febrero a las 10.00 de la mañana. La hija supo que debía tomar una decisión en contra de su corazón si quería protegerse ella misma y a su familia. Al padre, mayor, lo deberán acompañar al juicio porque no sabe desenvolverse sólo y será muy probablemente su propia hija quien lo haga.

La vida también trae consigo contradicciones, pero como siempre os he dicho, todos los actos tienen consecuencias. Aquí, desde luego, las habrá para un padre que no ha querido tratarse, curarse ni pedir ayuda. La ayuda se la dispensó su hija durante muchos años, y desde luego, no supo aprovecharla.

Me quiero despedir de vosotros y daros las gracias de corazón por querer compartir mis historias, de las que espero que saquéis el máximo jugo posible.

Un abrazo,

Mireia Ruiz Ramirez
Fundación Mujeres Felices

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