Fútbol sin Fronteras

Por Patricia C. DoménechMi Bio

Vuelta a Uganda: felices a pesar de todo

Después de unas cuantas horas de vuelo hemos llegado a Uganda. Un país que podría ser un paraíso, pero no lo es. Al llegar al […]

Después de unas cuantas horas de vuelo hemos llegado a Uganda. Un país que podría ser un paraíso, pero no lo es. Al llegar al aeropuerto ya te das cuenta que nada ha cambiado. Maletas abiertas, impuestos inventados y un calor sofocante.

Qué ganas tenía de verlos. Pensaba si estarían todos y dónde estarían los que faltan. Creo que en el fondo de mi corazón no quería saberlo, porque me temía lo peor. Lo primero que hizo mi amigo Grace al vernos fue llevarnos a su iglesia. Él pertenece a la religión Borned again. Allí su pastor nos bendijo para protegernos de todo peligro mientras estuviéramos en Uganda. Nos pidió que leyéramos con él la Biblia, en concreto Lucas, capítulo primero, versículo 16.

Finalmente nos dirigimos a la escuela. Por el camino nos pararon unos policías locales que habían cerrado el camino y no nos dejaban pasar si no les dábamos dinero. Esta vez, al menos iba con un ugandés quien se encargó de la negociación. Mientras llegábamos a la escuela observaba con esperanza ver algo diferente. Los primeros días siempre son duros porque aunque sepas lo que te vas a encontrar, dentro de ti te gustaría equivocarte.

Todo sigue igual: caminos embarrados, caos circulatorio, basura amontonada, niños trabajando en el campo pidiéndonos auxilio con la mirada, y miseria, mucha miseria. Y yo pienso que con cuatro bolis y tres camisetas puedo cambiar algo. Realmente no cambia nada, solo les regalo ¨ese momento de felicidad”. Y en cambio yo me llevo esa felicidad para siempre.

Mis niños me han dado una bienvenida preciosa, bailando y cantando una danza típica ugandesa. Solo con esto ya me compensa haber venido a verlos. Por la mañana, sigo dando clases de español y por las tardes entreno a mis niños y niñas a fútbol. Tengo que reunirme con mi otro equipo, el de mujeres enfermas de VIH, para saber cómo van las cosas y empezar a entrenar de nuevo. Es una pena que desde que me fui mis niñas no hayan vuelto a tocar un balón.

Aquí, hasta mi gusto por la comida se transforma. Parece increíble, ya que nunca me han gustado mucho las judías, pero creo que echaba de menos su comida. Aquí me parece deliciosa.

Los chicos y chicas a los que entrenaba ya no son los mismos. Unos ya no están y otros son nuevos, pero todos son niños al fin y al cabo. Como el año pasado, la mayoría de ellos son huérfanos. Como el año pasado, me siguen llamando Mzungu (persona blanca). Siguen tocándome el pelo, jugando con el vello de mis brazos y pidiéndome que les enseñe la palma de mi mano.

Algunos recuerdan unas pocas palabras en castellano, saben decir: “Hola, ¿cómo estás?”. En Uganda, cada día se enfrentan a la pobreza y a las enfermedades, pero ellos siempre sonríen, cantan y bailan. Y esa es su fuerza y la mía. Sin ella, no podríamos continuar hacia delante.

@Pcamdom
#SoñadorasdeSueños

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