Objetivo It Boy

by Roberto RuizMi Bio

Tu coche te comprende

A veces, estás helado. Aunque sea agosto. Vulnerable en la intemperie de la calle. Aunque estés en casa. Pero entras en tu coche y la […]

A veces, estás helado. Aunque sea agosto. Vulnerable en la intemperie de la calle. Aunque estés en casa. Pero entras en tu coche y la susceptibilidad se desvanece. Te sientes tan acogido como en la placenta de tu madre. Tu coche te comprende. Provocando el mismo efecto que cuando vuelvo a mi pueblo, cargado con mis irrelevantemente importantísimos problemas de ciudad, y mi amigo me dice: “No te rayes”. Esa frase puede con todo.

Dicen que nuestro coche se parece a nosotros. Supongo que con el mismo fundamento que mi hermana afirma que los perros se parecen a sus dueños. Tal vez por eso nos entiendan. Tanto los perros como los coches. Y quizás sea la razón por la que conduciendo se piensa mejor, actividad para la que es imprescindible estar haciendo otra cosa, secundaria pero a la vez; como fregar, fumar o conducir. Tirado en la cama mirando al techo no se piensa bien.

Las mejores decisiones de mi vida las he tomado en la carretera. Incluyendo las adolescentes, cuando era copiloto. Incluyendo las del cole, cuando no era ni eso, y me concentraba abstrayéndome mirando los colores por la ventana de atrás, hasta que mi abuelo me decía algo y yo le contestaba: “Luego hablamos, tengo cosas que pensar”.

Recomiendo la autovía Madrid – Valencia. Sobre todo, porque ninguna emisora de radio te acompaña todo el recorrido. Bueno, sí, Radio María, pero esa no cuenta, es la radio de Dios. Normal que aunque vayas por el tramo de montañas incivilizadas se oiga nítidamente el Padre Nuestro.

Amélie decía en su película que no le gustaban los largometrajes en los que los conductores no miran la carretera. No creo que tuviera en cuenta esas situaciones en las que, durante un largo viaje, coincides constantemente con el mismo coche. Lo adelantas. Te adelanta. Lo adelantas… Y así hasta que te aprendes su matrícula, os conocéis y acabáis contándoos vuestras cosas como si él fuera un viejo amigo y la carretera la cola del Mercadona. A pesar de ser tan incómodo como ir caminando por la acera al mismo ritmo que el desconocido de al lado.

De todos modos, en la autovía se piensa mejor que por la ciudad, donde tropiezas con esos relieves tan inoportunos como comas, mal, puestas. O con controles novelescos como el del otro día, en el que me pidieron la documentación y no recordaba llevar en la guantera desde Halloween un revólver de juguete. La que se armó.

Paolo Sorrentino, en la sublime Youth, sentencia: “Las emociones son todo lo que tenemos”. Los coches piensan lo mismo. Y los publicistas lo saben, por eso los anuncios ya no hablan de cuál tiene el motor más grande, sino que se limitan a una pregunta: ¿Te gusta conducir?

 

Fotografías por David Martínez
Look de Aragaza

Roberto Ruiz

www.rroverdose.com

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